
La cocina de mi casa es rectangular, alargada y estrecha. Me gusta escribir aquí mientras espero que se haga el café. Lleno de agua la cafetera, pongo el café, enciendo el fuego y espero. Espero y escribo.
He soñado, he soñado y recuerdo vagamente lo que he soñado. He soñado con un viaje. Con mis padres y con mi hermano el pequeño. Un viaje a un lugar conocido en un país desconocido. Claudia. Mi amiga Claudia había comprado la casa de mi abuela que estaba en cualquier parte del mundo de mi sueño y nos recibía en ella. Sus vecinos nos invitaban a visitar un extraño parque de atracciones. Pero ellos no nos acompañaban. Llegábamos a una torre. Desde afuera podía verse a la gente subiendo y bajando por las escaleras y en los ascensores, colgados en el exterior. No entramos. Dentro de la torre la gente subía y bajaba alocadamente como en respuesta a alguna orden o instrucción megafónica. Desde fuera no podía oirse nada pero la gente parecia estar presa de pánico. Como intentando escapar. Buscando una salida desesperada. Mientras yo lo contemplaba todo desde fuera. Ajena. Libre.
No recuerdo mucho más de este viaje. Sé que baile. Baile mucho. Baile con mi hermano. Dando saltos y más saltos. Saltos grandes, saltos cortos. A la derecha y a la izquierda. Mucho tiempo. Sin parar.
El café ya está. Hmmm... ¡Qué bien huele!
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